Desde hace algún tiempo tenía pendiente este post sobre Cindy, y creo que ha llegado el momento de hablar sobre esto.
Ella llegó a mi vida sin que yo supiera que se convertiría en alguien tan importante en mi vida.
Cindy era hija de Cokie. La historia es ésta:
Un día mi papá le compró a un señor un cachorro cuando yo era -tal vez- una bebé. De hecho, todos éramos pequeños: mi hermano, Cokie y yo. Él siempre me pareció un perro muy sabio, inteligente y maduro.
Cokie se fue de nuestras vidas un día, de forma inesperada. Nunca pudimos tener la certeza las razones sobre su muerte, pero según recuerdo tenía problemas con el riñón. Yo era pequeña, aún, cursaba el quinto de primaria.
Cuando Cokie se fue, recuerdo que me puse muy triste porque fue el perro con el que viví toda mi infancia, mis primeros años... pero al mismo tiempo no tengo recuerdos tan presentes. Antes de que Cokie muriera, ya había pasado por esa mala experiencia. Esto fue cuando murió Mickey, un french poodle que tenía.
A Mickey no lo tuve mucho tiempo, y aunque era mi perro, en realidad él casi me destestaba porque lo atosigaba demasiado. Cuando él murió (lo atropellaron) chillé toda una noche.
Ni la muerte de Cokie, ni la de Mickey, fue tan dolorosa como la de Cindy. Es más, ella ha sido hasta ahora el único ser que más me ha dolido perder.
¿Qué puedo decir de ella? Cindy era una perra muy noble, hermosa, valiente, inteligente y casi humana.
Han pasado casi 7 años desde que ella se fue, pero yo siento que ha sido menos tiempo, no me parece tan lejano. Y precisamente sucedió durante el mes de diciembre.
Tengo muchos recuerdos de ella. Como la vez en que se comió casi una caja de chocolates gourmet y por fortuna no le pasó nada. O que cuando estaba enojada destrozaba los cables de los aparatos. Salvo por esas pequeñas travesuras ella era muy bien portada.
Y díganme loca, pero había veces (cuando andaba triste) en que me ponía a platicar con ella... digo, no sé si realmente me escuchaba o me entendía, pero la acción en sí era lo importante.
El día que todo cambió fue cuando me enteré que tenía cáncer (en las glándulas mamarias).
Una vez, mientras la acariciaba, noté que tenía una bola en una de sus tetillas. Un veterianario la revisó, le hizo estudios y le diagnosticó cáncer.
Es noticia para mí fue muy difícil aceptarla. No entendía por qué había sucedido. En ese entonces ella tenía entre 10 y 11 años, ya estaba grande. Yo estaba estudando la carrera, como por los primeros semestres.
Para quitarle el cáncer, el veterinario le hizo una operación en la que le sustrajo el tumor. Desafortunadamente la cosa empeoró, ya que se extendió a todo su cuerpo. Yo no sé si fue porque la operación no la hicieron correctamente, o si ya era irremediable.
Tomamos la decisión de ir con otro veterinario al ver que el cáncer no se había ido. Este segundo doctor me inspiraba más confianza que el primero. Nuevamente le hicieron estudios y él nos confirmó que el cáncer estaba por todas partes.
Le hicieron una segunda operación para sustraerle nuevamente el tumor de la mama. Pero el médico nos dijo que ya era irremediable. Tenía otro tumor muy cerca de la cabeza, y ese era inoperable, además de que por la edad ya no iba a aguantar otra operación.
En ese momento nos dimos cuenta que ya no quedaba nada más por hacer, más que cuidarla hasta que llegara el día.
Pero ¿cuándo iba a llegar el día? Yo no tenía ni la más remota idea.
Sólo me sentí mal. Me costó mucho trabajo asimilar y aceptar esa noticia.
A partir de que le diagnosticaron cáncer, ella vivió dos años más con esa terrible enfermedad.
Les puedo decir que yo me la pasé casi todo el primer año llorando por la situación. Era cosa de que cuando estaba a solas con ella, la abrazaba, le decía que la quería mucho y que no quería que se muriera.
Todo ese tiempo ella se mostró como una perra con mucha fortaleza. Al principio no había causado estragos notables la enfermedad, pero en el segundo año las cosas fueron empeorando para ella.
Ya para los últimos meses, había días en los que ni siquiera podía levantarse y permanecía acostada.
Pero yo siempre tuve la impresión de que ella luchaba, ella quería vivir, en ningún momento se dejó a sí misma. A pesar de que no podía levantarse, ella trataba de hacerlo, se esforzaba, había días en que lo lograba, pero ya para el final de sus días las cosas se complicaban cada vez más.
A veces lloraba porque no podía levantarse, es como si ella nos hubiera querido decir que no se rendiría y que tenía ganas de vivir.
Finalmente, llegó el momento que yo había tratado de evitar durante esos dos años. Un día, ella amaneció muy mal, ya llevaba como una semana sin poderse levantar. Mi mamá le habló al veterinario.
Era un viernes. El doctor llegó y estaba listo para aplicarle la eutanasia. Pero yo no estaba lista para que ese día y en ese momento se tuviera que hacer.
A pesar de que me tomó dos años aceptar el hecho de que Cindy se iba a morir, yo no podía tomar la decisión de que en ese momento la durmieran. Realmente yo no tenía la conciencia de que el veterinario había ido justamente para eso.
Y la decisión me la dejaron a mí. Yo era quien tenía que decidir en ese momento. Simplemente no pude. Pensé que necesitaría al menos el fin de semana para poder despedirme de ella, o para poder realmente hacerme a la idea de que ya no iba a estar.
El sábado yo tenía la posada de mi trabajo. Fuimos mi hermano y yo. Regresamos a la casa como a las 3 de la mañana.
Cuando llegamos, estaba el cuerpo inerte de Cindy y mi mamá a su lado llorando. Había muerto y de una forma dolorosa, agonizó. Yo ni siquiera pude estar a su lado.
Desde ese momento me sentí culpable y responsable por su muerte. Durante todo este tiempo había llevado esa carga.
Fue a través de un sueño, una plática interespecie, una fantasía, whatever.... en realidad eso no importa.
No tiene importancia cómo fue, o cómo es que lo sé.
Pero lo que sé es que ahora ella está en un lugar donde hay un arcoiris.
Yo sólo quería pedirle perdón por no haber tomado la decisión correcta, y ella sabe que para mí fue difícil en ese momento.
También sé que no estaba yo equivocada. Ella quería vivir.
Sólo me queda decir que la amé mientras vivió y que guardo con mucho cariño su recuerdo.
Y es ahora que me pongo a pensar, a reflexionar que los animales a los que llamamos nuestras "mascotas" siempre nos dan un amor incondicional. Sólo nosotros los humanos somos quienes ponemos condiciones a este sentimiento.
Los animales te quieren, hagas lo que hagas y jamás te abandonarían o te harían sentir mal. Pero los humanos somos capaces de abandonarlos sin que nos importe si los lastimamos. Hacemos algo que ellos jamás harían, porque nosotros estamos acostumbrados a relacionarnos con las personas de esa manera, es lo "normal".
Y ya para terminar, sólo me queda decirles que realmente es muy importante que esterilicen a sus perros y gatos.
Hay estudios que indican que 1 de cada 4 perras no esterilizadas desarrolla cáncer de la glándula mamaria (justo lo que le pasó a Cindy). Y de hecho se puede disminuir este riesgo hasta en un 25% si se esteriliza antes del primer celo, y en un 0.05% si es antes del cuarto... como sea, es un gran porcentaje.
En el caso de los machos, también sirve esterilizarlos porque previene el desarrollo de tumores.
Ojalá si alguien lee esto, pueda tomar conciencia porque es horrible cuando algún ser querido (en este caso perros o gatos) es diagnosticado con esa enfermedad... y ésta es una forma de reducir el riesgo.

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